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Biografía:
Empecé en esto muy joven, a los
dieciocho, aunque llevaba desde los quince presentándome a premios
y tanteando el mundo editorial. Supongo que las ganas de explicar
historias me venían de mi abuelo, oficial de la Marina Mercante
y narrador entusiasta, casi como uno de esos abuelos marineros que
tanto abundan en la LIJ. La biblioteca de mis padres me permitió
ser un lector omnívoro y voraz y me ayudó a descubrir, ya de muy
pequeño, que lo que en la escuela llamaban "enseñar literatura"
tenía poco o nada que ver con la literatura.
Mi primera novela, Tot et serà pres,
tuvo un éxito sorprendente (16 ediciones lleva ya), que me animó
a continuar en serio en el mundo de las letras. Desde entonces,
me he dedicado básicamente a la literatura juvenil, con algunas
incursiones en la infantil. Mis temas preferidos son los que se
mueven por aquella incierta zona que separa la realidad de la fantasía,
lo natural de lo supranatural y la historia de la leyenda. Y con
el tiempo he ido descubriendo dos cosas curiosas: la primera, que
la literatura fantástica es una vía excelente para plantear temas
realistas, y la segunda, que para que la fantasía se sustente, es
preciso que la parte realista del relato sea de una solidez a toda
prueba y esté, por lo tanto, rigurosísimamente documentada. O en
otras palabras, que la literatura fantástica puede ser más realista
que la realista.
Esto no quiere decir, claro está, que haya
renunciado al realismo, y he centrado el tema de algunos libros
en la eutanasia (Tot et serà pres), en la integración escolar
de niños discapacitados (Joana i el sis vint-i-cinc / Juana y
el seis veinticinco) y hasta en la política (Cordada de rescat).
¿Y qué más les voy a decir? Además de obras
propias, he publicado ya más de un centenar de libros como traductor
literario (de castellano, catalán, euskera, gallego y francés) y
ejerzo la crítica literaria en las páginas del diario Avui.
Actualmente, vivo en el pueblo de Bigues
i Riells, a los pies de las ruinas del castillo de Montbui, donde
un rey moro exigía tributos de cien doncellas, no lejos de las pozas
donde se aparecen las encantadas y de una masía cuyo hereu se casó
con un hada. ¡Ah!, y entre mis vecinas hay una bruja de las de verdad.
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Sus Trabajos:
BIBLIOGRAFÍA:
- Tot et serà pres Ed. Empúries,
col. L'Odissea, núm 7
1a ed. marzo 1986, 22a ed. mayo
2003
- SOS a sis mil metres Ed.
La Galera, col Cronos núm. 13 (Finalista del premi Folch i Torres
1986) 1a ed. septiembre 1986, 5a ed. març 1996
Edición en castellano: SOS a seis mil metros Ed.
La Galera, col Cronos, núm. 13 Traducción de Xavier Ortega, 1a
ed. septiembre1986
- Porta falsa Ed. Empúries,
col. L'Odissea, núm 24 1a ed. septiembre 1987, 12a ed.
juny 2001
- Història fosca Ed. Pòrtic,
col. El brot jove, núm. 19 1a ed. junio1991
- El projecte Ictivela Ed.
Pòrtic, col. El brot jove, núm. 25 1a ed. julio1992
- Una selva al replà Ed.
Bromera, col. Els nostres autors, núm. 17 (introducción i notas
de Mercè Giralt) 1a ed. noviembre 1992, 3a ed octubre 1998
- Cordada de rescat ed. Columna, col.
Columna Jove, núm. 57 1a ed. abril 1993, 2a ed. mayo 1995
- Aterratge a Ostadar Ed.
La Galera, Col Grumets, núm. 60 1a ed. diciembre 1993
Edición en castellano: Ostadar Ed. La Galera, col.
Grumetes, núm. 23 Traducción de Natàlia Ribes 1a ed. enero1996
- Quan el cerç bufa al migdia
Ed. Empúries, Col. L'Odissea, núm. 83 1a ed. junio1995
- El problema amb els ferivals
Ed. L'Arca, col. Tren de fusta, núm. 15 1a ed. octubre 1996
Edición en castellano: El problema con los ferivales
Ed. L'Arca, col. Tren de madera, núm. 17. Traducción de Natàlia
Ribes 1a ed. octubre 1996
- L'ombra del Stuka Ed.
Empúries, col. L'odissea, núm. 98 1a ed. enero 1998, 2a ed. octubre
2001
Edición en vasco: Stukaren itzala Ed. Elkar, col.
Branka, núm. 79, Traducción: Joxan Elusegi
- Joana i el sis vint-i-cinc
Ed. Edebé, col. Tucan, núm 72 1a ed octubre 1998
Edición en castellano: Juana y el seis veinticinco
Ed. Edebé, col. Tucán, núm. 118, Traducción de Natàlia Ribes 1a
ed. octubre 1998, 2a ed. enero 2003
- Tàrik de la gran caravana
Ed. Cadí, col Muntanya encantada 1a ed. mayo 1999
- Els cosacs de l'autopista
Ed. Empúries, col. L'Odissea, núm. 109 1a ed. septiembre 2000
- El pic de la Dama Morta
Ed. Empúries, col. L'Odissea, núm. 114 1a ed. marzo 2001
- Llegendes de Catalunya
Ed. Cadí 1a. ed. marzo 2001
- El presoner del Casal del Diable
Ed. Cruïlla, col. Vaixell de Vapor 1a ed. marzo 2002, 3a ed. mayo
2003
MULTIMEDIA (textos):
- Les aventures d'Ulisses
Ed. L'Arca, col. l'Arca multimèdia 1a ed. 1996
Edición en castellano: Las aventuras de Ulises Ed.
L'Arca, col. l'Arca multimedia 1a ed. 1996
ADAPTACION DE TEXTOS PAR ÁLBUMES
ILISTRADOS:
- Nikolai POPOV: Per què?
Ed. L'Arca, col. El rovell de l'ou, ed. especial 1a ed. oct. 1996
- Nikolai POPOV: ¿Por qué?
Ed. L'Arca, col. La guinda, ed. especial 1a ed. oct. 1996
POESÍA:
- Si nego el bosc... Llibres
del Mall (Finalista premi Amadeu Oller 1986) 1a ed. maig 1986
- Joc de daus Ed. Columna,
col Crema, núm. 12 (Premi Martí Dot 1987) 1a ed. març 1988
- Camarades grecs Ed. Columna,
col. Crema, núm. 86 (Finalista premi Josep Munteis 1991) 1a ed.
febrer 1992 2

Dedicatoria
para ALIN.
¡Hola!
Aquí tenéis un cuento, "Yo suspendí el examen de cerdito",
para vuestra página web.
Pau Joan Hernández
YO SUSPENDÍ EL EXAMEN DE
CERDITO
¿Habéis oído hablar alguna
vez de intrusismo profesional? El la Tierra de los Cuentos, antes
de que se montase aquel jaleo, nadie había oído nunca esta expresión.
La primera vez que alguien la mencionó (Juan Sin Miedo, que siempre
ha tenido mucha curiosidad por saber cosas nuevas), se apresuró
a aclarar que se trata de un delito que consiste a ejercer una profesión
para lo que no tiene título oficial. Los demás personajes asentimos
con la cabeza, nos encogimos de hombros y nos olvidamos del asunto.
No creíamos que un delito tan estrafalario pudiese tener nada que
ver con nosotros.
Pero sí que tenía que ver,
¡claro que sí! Que alguien hubiese empezado a hablar de ello ya
quería decir alguna cosa. Como decía mi abuela, cuando el cerdo
suena, algo olfatea. O algo por el estilo.
De hecho, la cosa había empezado de la
manera más sencilla del mundo: algunos escritores de libros infantiles
habían empezado a escribir nuestros cuentos de una forma diferente:
de forma poética, de forma humorística, cambiando cosas... Hasta
aquí, todo normal. Al fin y al cabo, la mayoría de nosotros (los
Tres Cerditos, Juan Sin Miedo, Rizos de Oro y los Tres Osos, el
Lobo y las Cabritillas...) éramos personajes de la cultura popular
y, por lo tanto, era natural que la forma de vernos de explicar
nuestras historias fuese cambiando con el paso del tiempo. Lo que
pasa es que la cosa tuvo éxito, se generalizó... y empezaron a venir
los cambios raros.
La voz de alarma la dio Caperucita Roja,
que siempre ha sido una niña de lo más despabilada. Resulta que
había tenido curiosidad por realizar una pequeña investigación sobre
su propio cuento... y se había llevado la sorpresa de poder conocer
personalmente nada menos que a cincuenta y siete Caperucitas que
no sólo no se parecían nada a ella sino que, encima, pretendían
ser cada una la única y verdadera Caperucita Roja. ¡No os podéis
ni imaginar el lío! Había Caperucitas azules, verdes, lilas y de
todos los colores imaginables; las había que, en vez de por el bosque,
se perdían por la ciudad; las había que, al contrario, eran tan
silvestres que a cada momento paraban el cuento para explicar a
los niños las características de cada árbol y de cada planta; las
había que llevaban el cesto lleno de libros escolares, de productos
dietéticos o de equipo científico; las había que acababan la mar
de amigas del lobo...
Y, en medio de todo aquel caperucitamen
descontrolado, nadie recordaba muy bien cómo iba lo del cuento de
Caperucita.
Todos los habitantes de la Tierra de los
Cuentos estuvimos de acuerdo en que había que hacer algo. Y si alguien
tenía dudas, pronto las perdió: el descubrimiento de cuarenta y
siete Pulgarcitos (algunos de ellos con unos padres excelentes),
setenta y nueve Blancanieves (con los consiguientes quinientos cincuenta
y tres Enanitos) y unas ciento setenta y ocho Cenicientas acabó
de demostrar que el problema de Caperucita no era ni muchísimo menos
único.
Por eso, en una reunión posterior, los
habitantes de la Tierra de los Cuentos tomamos una decisión radical:
convocar oposiciones a las plazas de personajes titulares de cada
cuento. Nos examinábamos, ganábamos las plazas, echábamos por impostores
a todos demás opositores y en paz. Era lo más sencillo del mundo.
Y así fue como me presenté a examen para
optar a mi plaza de toda la vida: la de Segundo Cerdito. Plaza modesta,
de poco lucimiento y bastante cómoda, tan lejos de las glorias de
los protagonistas como de la vergüenza del castigo de los malos.
No es por decirlo, pero si Caperucita
se quejaba de lo que le estaban haciendo a su cuento, más motivos
de queja teníamos los Tres Cerditos. Nuestro cuento tenía tantas
versiones y tan diferentes del original que, si no fuese porque
los cerdos somos en general de mejor conformar que las niñas, habríamos
sido los primeros en reclamar la necesidad de unas oposiciones.
A nosotros, la mayoría de los autores nos recortaba descaradamente
el principio del cuento (cuando nos escapamos de la granja para
vivir en libertad) y el final (cuando sacamos de casa al lobo, asado
en la chimenea, para que se lo coman los cuervos del campo). En
algunos cuentos éramos hermanos y en otros no, y, lo que es más
grave, nos cambiaban constantemente el número: en unos, el tonto
de la casa de paja era el Primer Cerdito mientras que en otros era
el Tercero, y el papel de Primero se reservaba al que se daba un
hartón de trabajar en su casa de ladrillo. Claro que, a mí, este
último problema no me afectaba: pusiesen el orden como lo pudiesen,
yo era el Segundo Cerdito, el de la casa de madera, ni demasiado
trabajador ni demasiado gandul. Por lo demás, mis problemas eran
los mismos que los de mis hermanos (aunque no tan graves como los
de los cuervos, que en la mayoría de las versiones se quedaban sin
trabajo). Habíamos intentado convencer por las buenas a los autores
de las versiones, pero, como decía mi abuela, no hay peor cerdo
que el que no quiere hozar. O algo por el estilo.
Tengo que reconocer que no me preparé
los exámenes. Al fin y al cabo, me examinaba de mi propio papel:
los que tenían que estar nerviosos era todos aquellos impostores,
que iban a quedar en ridículo. Claro que ellos se lo habían buscado.
Como decía mi abuela, el que juega con cerdos se pringa de pienso.
O algo por el estilo.
El día del examen teórico, yo mismo me
quedé sorprendido de la cantidad de gente que optaba a la plaza
de Segundo Cerdito, que a mí siempre me había parecido la más insignificante
de la historia del cuento popular. Entre los ochenta o noventa aspirantes,
la mayoría, como es natural, eran cerditos, pero también había cerditas,
niños disfrazados de cerdito, cerditos disfrazados de niños y unos
cuantos representantes de otras especies que querían legitimar cuentos
como el de los Tres Ornitorrincos, los Tres Marsupiales, los Tres
Armadillos o las Tres Cianobacterias. Además, había unos cuantos
despistados que quería representar los Tres Mosqueteros, los Tres
Tenores o los Tres Deseos. Suerte que los examinadores les hicieron
darse cuenta de su despiste y los echaron.
Esto me gustó: aquellos examinadores no
se andaban con chiquitas, y pronto desenmascararían a todos los
falsos cerditos. Estaba claro que, como decía mi abuela, no se les
podía dar cerdo por liebre. O algo por el estilo.
Toda la vida recordaré las tres preguntas
de mi examen de teórica de Segundo Cerdito. Tres preguntas que me
dejaron las tripas más retorcidas que el rabo. Mirad, si no:
1.- Influencia conceptual del mito de
los Tres Cerditos en la idiosincrasia indoeuropea.
2.- La simbología de la devoración en
los Tres Cerditos.
3.- Representatividad diacrónica de los
Tres Cerditos en el folklore burgundio occidental.
¿Qué os parece? ¿Fantástico, verdad? ¿Cómo
diantre querían que contestase a estas preguntas, si las únicas
palabras que entendía eran Tres y Cerditos?
Y mientras yo dejaba el examen en blanco,
aquellos ochenta cochinos impostores (nunca mejor dicho), venga
a escribir.
Este fracaso inicial no me desanimó en
absoluto. El día del examen práctico me desquitaría. Por mucho que
los demás hubiesen estudiado, no podían tener mi estilo inimitable
de construir casas de madera que caen cuando sopla el lobo. Ya lo
decía mi abuela: de casta le viene al puerco el ser rabituerto.
O algo por el estilo.
¡Puerca inocencia la mía! Mis cuatro tablas,
mis cuatro herramientas y mis cuatro kilos de pereza de Segundo
Cerdito difícilmente podían hacer frente a las malas artes de aquella
chusma. Y así, nada más empezar el examen, tuve que ver como un
cerdo con cara de niño me ponía una denuncia por no tener permiso
de obras y un niño con cara de cerdo otra por trabajar con materiales
no reciclables.
Y suspendí el examen de cerdito.
A la salida, me encontré con mis hermanos
y compañeros de fatigas, el Primer Cerdito y el Tercero. Ellos también
habían suspendido. Nos pusimos a gruñir a coro para darnos ánimos.
Ya lo decía mi abuela: quien gruñe, su mal empuerca. O algo por
el estilo.
Pero nuestra desgracia no era única. Por
allí fuera, con caras largas, estaban Juan Sin Miedo, Blancanieves,
Cenicienta, Hansel, Gretel, Rizos de Oro... Absolutamente todos
ellos habían suspendido sus respectivos exámenes y habían perdido
la plaza en sus propios cuentos.
Un final triste, me diréis, ¿verdad?
Pero es que esto no fue el final.
Porque supongo que no os habréis creído
que es tan fácil ganarnos, a nosotros. ¡Estaríamos frescos! No tenéis
que olvidar que somos los personajes de los cuentos populares. los
auténticos. En nuestras aventuras, habíamos derrotado a lobos y
brujas, explorado castillos encantados, atravesado tierras desconocidas,
superado maleficios y sortilegios... ¿de verdad os creéis que nos
iban a ganar una banda de monigotes impresentables con una cochinas
oposiciones... aunque las oposiciones las hubiésemos convocado nosotros
mismos?
¡Pues claro que no!
Y así fue como pasamos a la clandestinidad.
Todos nosotros. En bloque.
A partir de aquel día, vivimos escondidos,
conchabados con los cuentacuentos, los abuelos, los padres, los
maestros... y nuestras historias siguen llegando a los niños. Los
otros personajes, los impostores, ganan premios, reciben homenajes,
son aplaudidos y admirados... pero quienes estamos realmente vivos
en la fantasía de niños y niñas somos nosotros.
Queríamos combatir el intrusismo profesional
y ahora los intrusos somos nosotros. Pero es igual: nos lo pasamos
en grande.
Como decía mi abuela: ¡valor y al cerdo!
O algo por el estilo.
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